“Poseía un ocho y un dos.
En vez de restarlo decidió sumarlo para que el cómputo coincidiera en diez. Era la primera vez que señalaba así una nota. La remarcó hasta tres veces, luego el rotulador cayó rodando por la mesa hasta el suelo. No le prestó el más mínimo interés. Fijó sus ojos sobre el papel. Era la primera vez que sentía un golpe en el estómago, que empezaba a ser feliz en su trabajo.”
Madrid. Mono y Bea. 2010
Madrid. Mono y Bea. 2010